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Dientes de carpa de 780.000 años revelan cuándo empezamos a cocinar con fuego controlado

Un hallazgo en Israel adelanta la evidencia de cocción humana y refuerza su papel clave en la evolución.

Publicado por: admin (soyreportero)

2026/02/22 | 20:06

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Dientes de carpa de 780.000 años revelan cuándo empezamos a cocinar con fuego controlado

Fuente: https://images.pexels.com/photos/8014531/pexels-photo-8014531.jpeg?auto=compress&cs=tinysrgb&h=650&w=940

Categoría: Tecnología

Si pensamos en las tecnologías que cambiaron el rumbo de la humanidad, solemos citar la rueda, la máquina de vapor o, en tiempos recientes, el microchip. Pero hay una innovación mucho más antigua —y más íntima— que transformó nuestro cuerpo desde dentro: cocinar. No es una exageración. La cocina no solo hizo la comida más agradable; ayudó a moldear nuestra anatomía, nuestra energía disponible y, en consecuencia, nuestra capacidad de convertirnos en la especie que somos.

Durante décadas, los paleoantropólogos han discutido cuándo dejamos de depender de alimentos crudos para empezar a procesarlos con fuego de forma regular. El problema siempre fue el mismo: fechar el inicio de la cocina es difícil, porque el fuego no deja “etiquetas” claras. Hasta hace poco, las pruebas más sólidas del uso continuado del fuego para cocinar se situaban alrededor de los 600.000 años.

Ese marco cambió con un hallazgo publicado en Nature en 2022. En el yacimiento de Gesher Benot Ya’aqov, en Israel, los investigadores encontraron restos de dientes de grandes carpas. Lo interesante no era solo el pez, sino lo que esos dientes contaban sobre el calor. Mediante técnicas avanzadas como la difracción de rayos X, el equipo demostró que los restos habían sido expuestos a temperaturas controladas y relativamente bajas —inferiores a 500 °C—. Esa cifra es clave: no encaja con un incendio fortuito o una combustión descontrolada, sino con un uso deliberado del fuego.

La conclusión fue contundente: hace 780.000 años ya se cocinaban estos animales. Además, el hallazgo encaja con lo que se sabe de los cazadores-recolectores achelenses, que explotaban hábitats acuáticos, seleccionaban pescado rico en nutrientes y lo cocinaban en lo que los arqueólogos llaman “hogares fantasma”: zonas de fuego estructuradas, difíciles de detectar a simple vista pero coherentes con una actividad repetida.

Aun así, la historia no termina ahí. Aunque la evidencia directa apunta a esos 780.000 años, existen pistas biológicas que sugieren una revolución culinaria mucho más antigua. El primatólogo Richard Wrangham defendió en su libro Catching Fire y en trabajos posteriores en Current Anthropology que la cocción sistemática pudo surgir con Homo erectus hace aproximadamente 1,9 millones de años.

Su argumento se apoya en la eficiencia energética: cocinar “predigiere” los alimentos, rompe fibras y almidones y permite obtener más calorías con menos esfuerzo. Y hay un detalle que pesa mucho en evolución: el intestino y el cerebro son tejidos caros de mantener. Si la comida se vuelve más fácil de digerir, el tracto intestinal puede reducirse y esa energía sobrante puede redirigirse al crecimiento de un cerebro mayor y más complejo. Esta dieta más blanda también ayuda a explicar por qué los molares de Homo erectus se redujeron y sus mandíbulas se hicieron menos prominentes.

Los beneficios no fueron solo anatómicos. Cocinar también significó seguridad: asar carne ayuda a eliminar bacterias. Y el control del fuego se convirtió en una herramienta de supervivencia que facilitó la migración. Reevaluaciones de yacimientos clásicos, como las cuevas de Zhoukoudian en China, apuntan a que Homo erectus pekinensis usaba fuego controlado para cocinar carne de cérvidos en estratos específicos, una práctica crucial para adaptarse a climas más fríos fuera de África.

En resumen, estos dientes de carpa no son una simple curiosidad arqueológica: son una pista tangible de cuándo la cocina dejó de ser un accidente y empezó a ser una estrategia. Y, con ello, una de las fuerzas más decisivas de nuestra evolución.

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