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Rapidus y el plan de Japón para recuperar protagonismo global en semiconductores avanzados

Japón impulsa Rapidus con control estatal y plan B con TSMC para asegurar chips avanzados estratégicos.

Publicado por: admin (soyreportero)

2026/02/27 | 17:25

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Rapidus y el plan de Japón para recuperar protagonismo global en semiconductores avanzados

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Categoría: Tecnología

Japón ya estuvo en la cima del mundo de los semiconductores, y no hace tanto. En 1988, las empresas japonesas controlaban más de la mitad del mercado mundial: nombres como NEC, Toshiba, Hitachi o Fujitsu se imponían incluso a gigantes estadounidenses de la época como Motorola, Texas Instruments o Intel. Aquella hegemonía se diluyó con el tiempo, en parte por la hiperespecialización y el empuje de nuevos polos industriales en Corea del Sur, China y, sobre todo, Taiwán. Ahora, el país quiere volver a jugar en primera división, y lo está haciendo con una apuesta que mezcla ambición industrial y estrategia de seguridad nacional.

La pieza central de ese regreso se llama Rapidus Corporation. Nacida hace un año, sorprendió por su origen: una alianza de grandes grupos nipones como Sony, Toyota y SoftBank, con la misión de devolverle a Japón relevancia en la fabricación de chips punteros. El plan inicial era directo al corazón del mercado: saltar a los 2 nanómetros para 2027. Sin embargo, la hoja de ruta se ha ajustado y el propio CEO, Atsuyoshi Koike, ha retrasado la producción masiva a marzo de 2028. Aun así, Rapidus no ha bajado el listón: ya trabaja con la vista puesta más allá de los 2 nm, con la intención de preparar capacidades para 1,4 nm e incluso 1 nm.

Lo que más ha cambiado no es solo el calendario, sino el peso del Estado. El gobierno japonés ha decidido convertir a Rapidus en un activo crítico, hasta el punto de asumir un control inusual. Será el mayor accionista, aunque al principio solo ejercerá el 10% de los derechos de voto para mantener la gestión en manos privadas. La letra pequeña, eso sí, es contundente: si Rapidus atraviesa dificultades, el Estado se reserva el derecho de elevar su participación por encima del 50%. El músculo financiero también se ha disparado: el capital total ha escalado hasta 420.000 millones de yenes (2.700 millones de dólares), un salto enorme frente a los modestos niveles de inversión de 2022.

A esa intervención se suma un mecanismo especialmente revelador: las “acciones doradas”. Con ellas, el ejecutivo puede vetar decisiones críticas como cambios de directiva o fusiones. El mensaje es claro: blindar a Rapidus frente a adquisiciones extranjeras y proteger la soberanía del proyecto. Es una tendencia que se repite en todo el mundo, donde cada país intenta asegurarse su propia “cesta” de capacidad industrial en chips.

El respaldo no es solo público. Un total de 32 empresas han invertido 167.600 millones de yenes (1.075 millones de dólares) y, además, jugarán un papel clave como clientes potenciales del silicio que produzca Rapidus. Es una forma de cerrar el círculo: financiación, demanda y estrategia industrial en un mismo paquete.

Rapidus también quiere diferenciarse por velocidad. Su promesa es recortar drásticamente los tiempos de entrega automatizando no solo la fabricación, sino también el empaquetado y las pruebas, dos fases donde hoy suele haber mucha intervención manual. Si esa automatización funciona como esperan, el ciclo podría reducirse en un 66%, una cifra que, en el mejor escenario, permitiría competir incluso con el gigante que marca el ritmo del sector: TSMC.

La apuesta japonesa se entiende mejor al mirar el esfuerzo relativo: Japón está invirtiendo en semiconductores una proporción de su PIB (0,71%) superior a la de Estados Unidos (0,21%) o Alemania (0,41%). Pero no todo es consenso. Takero Doi, profesor de la Universidad Keio, advierte de un riesgo habitual en los modelos público-privados: sistemas con carencias de responsabilidad. Su pregunta es incómoda y central: ¿quién lidera realmente, el gobierno o el sector privado?

Y aquí aparece el dato más pragmático del plan japonés: no se la juega a una sola carta. Mientras impulsa Rapidus como alternativa nacional, el gobierno también ha alcanzado compromisos con TSMC para mejorar sus plantas de producción en Japón. En la práctica, el país construye un ecosistema híbrido: absorbe experiencia y conocimiento del líder mundial, mientras intenta levantar una capacidad propia que le devuelva autonomía.

Japón quiere volver a ser relevante en chips, pero esta vez no solo por orgullo industrial. Lo hace porque entiende que los semiconductores son infraestructura estratégica. Rapidus es su gran apuesta, y TSMC, su red de seguridad. En un mercado donde la tecnología y la geopolítica ya van de la mano, esa combinación puede ser la diferencia entre competir… o quedarse mirando desde la barrera.

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