El lento desvanecimiento de lo tangible: Un análisis desde la experiencia automotriz
El escritor, diseñador y académico Ian Bogost, en su próximo libro “The Small Stuff: How to Lead a More Gratifying Life”, nos invita a una profunda reflexión sobre cómo la tecnología ha reconfigurado nuestra interacción con el mundo físico. A pesar de su título que evoca la autoayuda, la obra de Bogost plantea interrogantes incisivos sobre la “dematerialización” de aspectos fundamentales de nuestra existencia diaria.
La génesis de esta investigación se encuentra en un revelador artículo que Bogost publicó en The Atlantic sobre el declive de los automóviles con transmisión manual. La popularidad de este texto, que exploraba la inminente desaparición de las palancas de cambio con la masiva adopción de vehículos eléctricos, actuó como un catalizador para sus ideas más amplias. Bogost observó que la respuesta masiva no solo se debía al apego por los coches manuales, sino a una conexión más profunda con la experiencia tangible.
Su trabajo previo, que incluía escritos sobre objetos tan cotidianos como tostadoras o batidos, ya revelaba un interés latente en la vida ordinaria. Fue a través del debate sobre las transmisiones manuales donde se cristalizó la noción de que «la vida ordinaria no solo es interesante, sino profundamente, profundamente significativa, y la hemos subestimado.» Este fue el punto de partida para su exploración sobre cómo la tecnología, junto con otros factores como la burocracia y la eficiencia, nos ha despojado de la textura de la vida cotidiana, distanciándonos del mundo que habitamos.
Dematerialización: Cuando la conveniencia anula la percepción
Bogost define la dematerialización como la desconexión del mundo sensorial, un fenómeno impulsado principalmente por lo que él denomina «tecnologías de la conveniencia». Sin embargo, enfatiza que no se trata exclusivamente de la tecnología; también influyen la burocracia, la búsqueda de eficiencia y las regulaciones económicas. En sus palabras, todos estos factores han «despojado la textura de la vida cotidiana».
Un ejemplo vívido de esta dematerialización se observa en la experiencia de un baño público moderno. Los inodoros que se descargan solos, los grifos que se activan por sensor y los dispensadores automáticos de jabón y toallas eliminan la necesidad de la interacción física. Esta automatización, que a menudo falla, resalta la fricción de lo que solía ser una acción simple y directa. Esta omnipresente ‘comodificación’ se ha integrado tan sutilmente que rara vez percibimos el intercambio: ganamos progreso, pero perdemos el contacto directo con el mundo material.
Bogost se distingue de otros críticos de la tecnología por su enfoque menos airado. Aunque reconoce argumentos como la “enshittification” para explicar los males actuales, considera que estas explicaciones son a menudo simplistas. El problema no reside en que la vida no haya mejorado en muchos aspectos, sino en que el proceso de dematerialización ocurrió de manera gradual, casi imperceptible, como una rana hirviendo lentamente en el agua. La obsesión de Silicon Valley con la eficiencia, la automatización, la invisibilidad y la escala ha impulsado esta tendencia, prometiendo hacer “todo más fácil para que no tengas que hacerlo”.
Este impulso hacia la simplificación extrema, aunque en parte bienintencionado —como en el caso de las aplicaciones de transporte que facilitaron la movilidad en ciudades—, ha llevado a una pérdida significativa. Bogost argumenta que, si bien creímos entender el trato al adoptar nuevas tecnologías como Spotify para la música, no anticipamos completamente la erosión de nuestra conexión con la experiencia física. La cultura de Silicon Valley, con su aspiración de trascender la corporalidad humana a través de la eficiencia y la optimización, ha ignorado que somos seres físicos, y que la experiencia encarnada es fundamental.
En las últimas dos décadas, la ubicuidad de los smartphones y la computación en la nube ha profundizado esta dematerialización, transformando cómo nos comunicamos, trabajamos y experimentamos el ocio, consolidando la primacía de lo digital sobre lo tangible.
Reconectando con el presente: Buscar gratificación en la “pequeña esencia” de la vida
La consecuencia directa de esta dematerialización es una subvaloración de la experiencia. Bogost lamenta que la cultura tecnológica actual se haya enfocado masivamente en los resultados, devaluando el proceso y la experiencia de hacer las cosas. Cuando se habla de la importancia de la experiencia, el empresario tecnológico “bogeyman” a menudo respondería que todo puede automatizarse con IA, eliminando la “molestia” de la interacción humana. Sin embargo, Bogost insiste: “No, quiero tener esas experiencias, porque eso es parte de lo que me hace humano y vivo”.
Para los emprendedores y desarrolladores de productos, la clave no es optimizar puramente para la conveniencia, sino encontrar un equilibrio entre comodidad, fricción y experiencia sensorial. Aunque muchos diseñadores de UX afirman estar haciendo esto, Bogost opina que, en la práctica, han perdido de vista la esencia y están contribuyendo a la eliminación de esas texturas de la vida.
Bogost nos advierte contra la trampa de la nostalgia, la idea de que “volver a lo analógico” resolverá nuestros problemas. “No vamos a regresar. Vives en el presente, hacia el futuro, y no vivimos en el pasado”, afirma. Si bien la nostalgia puede servir como una brújula para recordar lo que fue significativo, no es una estrategia efectiva para vivir plenamente. El teléfono antiguo de Western Electric, por ejemplo, evoca una intimidad y una sensación táctil perdidas, pero el presente ofrece otras formas de gratificación, como la riqueza sonora de una llamada por Zoom.
Otro concepto erróneo es la idea de reintroducir la “fricción” por sí misma. No se trata de hacer las cosas más difíciles, sino de “sentirnos haciéndolas”. La vida se ha vuelto demasiado “lisa y resbaladiza” con las pantallas táctiles y la eficiencia; lo que anhelamos no son obstáculos, sino la conciencia y la sensación de nuestra propia agencia en el mundo. La sutil acumulación de esas “pequeñas cosas” —el hielo en nuestra botella de agua, la sensación de un objeto— es lo que, con el tiempo, construye un significado profundo, y su ausencia se hace notar profundamente.
Finalmente, Bogost rechaza la noción de que debemos esperar grandes cambios sociales o económicos para reconectar con lo sensorial. Si bien sería deseable que líderes de la industria y el gobierno fomentaran más oportunidades orientadas a la experiencia, la gente común no necesita esperar. Todos, sin importar nuestra edad o circunstancia, tenemos un cuerpo y vivimos en el mundo. Por lo tanto, hay incontables oportunidades diarias para encontrar gratificación en las experiencias sensoriales del presente, sin caer en la queja pasiva en redes sociales sobre lo “mal que está todo”.