El gélido telón de una batalla olvidada
En el remoto y gélido archipiélago de las Aleutianas, en el extremo occidental de Alaska, se libró hace más de ochenta años una de las campañas más brutales y, a la vez, menos conocidas de la Segunda Guerra Mundial: la Batalla de Attu. Fue en junio de 1942 cuando las fuerzas japonesas desembarcaron en esta isla estadounidense, marcando un episodio sin precedentes en la historia moderna del país. Lo que siguió fue un enfrentamiento encarnizado en condiciones extremas, que en menos de tres semanas cobró la vida de más de 3.000 personas.
Mientras otras operaciones bélicas del Pacífico Sur o el frente europeo han sido inmortalizadas en innumerables relatos y producciones cinematográficas, Attu ha permanecido en las sombras de la historia militar. A pesar de su brevedad, la proporción de bajas estadounidenses en esta batalla fue la segunda más alta de la guerra, solo superada por la infame Batalla de Iwo Jima, un dato que subraya la ferocidad de aquellos días. Durante décadas, los vestigios de aquel conflicto yacieron silenciosos en las profundidades del mar, custodios de un pasado que aguardaba ser revelado.
Además del impacto militar, la ocupación japonesa y la posterior militarización de Attu tras la guerra tuvieron consecuencias devastadoras para su población autóctona, el pueblo indígena Saskinax^. Deportados a Japón durante el conflicto, a los pocos supervivientes se les negó el regreso a su hogar ancestral, que se había transformado en una base militar estadounidense. Esta tragedia humana, a menudo eclipsada por los eventos bélicos, forma parte integral del sombrío legado de Attu.
La revelación submarina que corrige el pasado
Ochenta años después de aquellos dramáticos sucesos, un equipo multidisciplinario de arqueología subacuática, financiado por la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) y el Servicio de Parques Nacionales de EE. UU., emprendió una misión sin precedentes. En julio de 2024, llevaron a cabo la primera exploración submarina exhaustiva en las aguas de Attu. Lo que hallaron no solo enriqueció el conocimiento sobre la Batalla de Attu, sino que corrigió un error histórico que había perdurado durante décadas.
La expedición descubrió dos importantes naufragios de la Segunda Guerra Mundial, separados por apenas 25 kilómetros. Uno de ellos era el Kotohira Maru, un carguero militar japonés hundido el 5 de enero de 1943 por bombarderos B-24, mientras intentaba abastecer a las aisladas tropas en Attu con madera, víveres, combustible y materiales de construcción, vitales para su supervivencia en un entorno casi ártico y desprovisto de árboles. El segundo hallazgo fue el SS Dellwood, un buque cablero estadounidense que encalló en un pináculo submarino siete meses después, el 20 de julio de 1943, mientras tendía cables de comunicación entre las islas.
Para localizar y documentar estos pecios, los investigadores emplearon tecnología de vanguardia. Arrastraron desde su embarcación un sonar de alta resolución, capaz de crear imágenes del fondo marino con una precisión centimétrica. Cuando el sonar detectaba algo de interés, se desplegaba un dron submarino equipado con cámaras de vídeo para una inspección detallada. En apenas cinco días de trabajo, lograron inspeccionar más de 1.000 objetivos en las profundidades.
Sin embargo, el descubrimiento más impactante no fue el hallazgo de los barcos en sí, sino la verdad que revelaron. Los registros históricos indicaban que en mayo de 1943, el destructor estadounidense USS Phelps había atacado lo que creía ser un submarino japonés cerca de la bahía de Holtz. Este reciente estudio ha demostrado que la tripulación del USS Phelps estaba equivocada; lo que habían detectado y atacado no era un submarino enemigo en movimiento, sino el casco ya hundido del Kotohira Maru, que yacía en el lecho marino.
Repercusiones y desafíos de la arqueología bélica
Este descubrimiento de los naufragios de Attu representa mucho más que la simple localización de restos de barcos; es una pieza clave para desentrañar y reescribir la historia de una campaña bélica largamente subestimada. La capacidad de corregir un error histórico tan significativo como el del USS Phelps subraya la vital importancia de la arqueología submarina para aportar precisión a nuestro entendimiento del pasado. Este estudio es solo el inicio de una investigación más profunda que promete arrojar luz sobre los pormenores de la guerra en el Pacífico Norte y sus implicaciones humanas.
La investigación también pone de manifiesto las complejas tragedias humanas que se desarrollaron en paralelo a los conflictos militares, como el destino del pueblo Saskinax^ de Attu. Este tipo de hallazgos contribuye a recuperar no solo la historia militar, sino también las narrativas de aquellos que sufrieron las consecuencias directas de la guerra, a menudo olvidados por los relatos oficiales.
No obstante, la misión no estuvo exenta de desafíos. Las fuertes corrientes submarinas en la región de Attu dificultaron la labor del robot submarino teledirigido, especialmente alrededor del Kotohira Maru, dejando amplias zonas del pecio sin documentar. El equipo reconoce la necesidad de un equipo más potente para completar el trabajo y superar estas limitaciones técnicas. Esta dificultad para explorar en su totalidad el sitio resalta la inversión continua en tecnología y recursos que la arqueología marítima exige.
Además, quedan preguntas cruciales sin respuesta. La identidad de la tripulación del Kotohira Maru, por ejemplo, sigue siendo un misterio; los archivos solo confirman el rescate de dos personas, una cifra que los propios investigadores consideran improbablemente baja. La ausencia de registros detallados es un recordatorio de las lagunas que aún existen en la documentación de conflictos pasados. Otro asunto espinoso que se plantea es la cuestión de la soberanía legal sobre estos pecios de guerra, un tema que a menudo genera debates internacionales y éticos sobre la propiedad y la gestión de estos sitios históricos. Al igual que el cementerio naval encontrado en Gibraltar, estos pecios de guerra plantean preguntas complejas sobre la soberanía legal y la preservación del patrimonio subacuático. Este descubrimiento en Attu subraya la importancia de la arqueología marítima para desenterrar verdades históricas y la necesidad de continuar invirtiendo en ella.
El hallazgo de los naufragios de Attu no solo proporciona datos valiosos para los historiadores y arqueólogos, sino que nos invita a reflexionar sobre la persistencia de los secretos del pasado en los lugares más recónditos de nuestro planeta, y el poder de la ciencia para desvelarlos y enriquecer nuestra comprensión de la experiencia humana en tiempos de conflicto.