Una fosa común de 2.800 años en Gomolava revela masacre planificada y ADN sin patógenos
Un estudio en Nature descarta epidemia y confirma una aniquilación selectiva de mujeres y niños en la Edad de Hierro.
Calificación
0 / 5 (0 votos)
Fuente: https://images.pexels.com/photos/10481248/pexels-photo-10481248.jpeg?auto=compress&cs=tinysrgb&h=650&w=940
Categoría: Tecnología
Durante años, una idea cómoda se coló en nuestra forma de mirar el pasado: que la guerra de exterminio —la violencia sistemática y planificada para borrar a un grupo— era un invento del Estado moderno. La arqueología, sin embargo, lleva tiempo desmontando esa visión casi romántica de la prehistoria y de las primeras sociedades como mundos relativamente pacíficos. El último golpe llega desde los Balcanes, en el yacimiento de Gomolava, con una fosa común de hace unos 2.800 años que obliga a repensar qué entendemos por “violencia organizada”.El hallazgo, situado en el siglo IX a.C. (primera Edad de Hierro), apareció en una región marcada por cambios sociales y tensiones por el control del territorio en la cuenca de los Cárpatos y los Balcanes. En ese contexto convivían comunidades sedentarias y grupos seminómadas, sin estados ni ejércitos regulares como los imaginamos hoy. Por eso, cuando los arqueólogos encontraron una gran fosa con 77 individuos, la explicación inicial parecía razonable: una epidemia devastadora que habría arrasado con una población.Esa hipótesis acaba de caer. Un nuevo estudio publicado en Nature reescribió la historia del enterramiento combinando análisis forenses, genéticos e isotópicos. El ADN fue contundente: no había rastro de patógenos mortales. No fue una enfermedad. Fue violencia deliberada.Los números, además, son escalofriantes por lo que sugieren. El 66% de los restos corresponde a niños y adolescentes. Y entre los adultos, el 70,8% eran mujeres. Los análisis forenses detectaron un patrón repetido: la mayoría presentaba lesiones en el cráneo en el momento de la muerte, compatibles con golpes contundentes infligidos desde arriba. Esa posición sugiere atacantes a caballo o ejecuciones con las víctimas sometidas, arrodilladas o inmovilizadas.La selección de víctimas no parece casual. Los estudios de isótopos y ADN indican que, salvo un caso concreto —una madre y sus dos hijas—, las personas no tenían parentesco entre sí y procedían de diversas regiones, con dietas distintas. Esto apunta a una aniquilación selectiva e interregional: un acto calculado para eliminar el “futuro reproductivo” de grupos rivales. En un escenario de disputas territoriales, borrar a la descendencia y a quienes podían tenerla era una forma brutal y eficaz de imponer poder y evitar reclamaciones sobre la zona.Y hay un detalle que añade una capa inquietante: el entierro no fue improvisado. Las víctimas fueron depositadas con cuidado, junto a joyas de bronce, cerámicas e incluso animales sacrificados. Más que una simple fosa hecha con prisa, parece una macabra demostración de poder donde la matanza convive con el valor socioeconómico de las víctimas y con la necesidad de respetar —o instrumentalizar— las costumbres funerarias de la época.Gomolava no solo revela una masacre. Expone algo más incómodo: que la lógica del exterminio puede aparecer sin burocracias modernas, sin uniformes y sin estados, cuando el control del territorio y la reestructuración social convierten a mujeres y niños en objetivos estratégicos.